Hernán Loyola escribe carta al Director de El Mercurio sobre el rechazo al rebautizo del Aeropuerto de Santiago
Señor Director:
En Italia, donde resido, me entero tardíamente del rechazo de la Cámara al rebautizo del aeropuerto de Santiago-Pudahuel. Como editor (en sentido anglosajón) de las Obras Completas de Neruda y también de la Antología General (RAE-Academias-Alfaguara) actualmente en circulación, no le extrañará que tal rechazo me parezca impresentable e inexplicable ante el resto del mundo, siendo Neruda el chileno más (re)conocido y respetado a lo largo y ancho del planeta, y el mejor producto chileno de exportación, una marca de imagen insuperable (se puede verificar en cualquier lugar del globo) y envidiada. Y eso a pesar de..., pues todos sabemos el verdadero porqué del rechazo. Pero no me escandalizo y hasta me permito una banalidad: el sólito “pago de Chile”, si bien elevado esta vez a la enésima potencia.
Visto desde Europa resulta difícil, sin embargo, entender cómo un país que se deprime cada vez que la Roja no logra derrotar al equipo de Brasil o de Argentina, o cuando Fernando González pierde por un soplo frente a Federer o Nadal, elige en cambio “ningunear” y desairar a su más grande, auténtico e indiscutido campeón de nivel mundial, que ya se lo quisieran otros países, y no sólo de América.
Porque Chile es uno de los poquísimos países del planeta que se puede dar el lujo de bautizar su aeropuerto principal, su puerta de ingreso, con un nombre de resonancia universal. Como el aeropuerto “Leonardo da Vinci” de Roma-Fiumicino. No hay extranjero que entienda por qué Chile despilfarra el lujo de hacer oír por los parlantes de los aviones en llegada: «El Comandante informa que estamos por aterrizar en el aeropuerto internacional “Pablo Neruda” de Santiago-Pudahuel».
Suena bien, prestigioso, y familiar a cualquier extranjero. Neruda nada pierde con este rechazo de la Cámara, pero Chile sí pierde por todos lados. Incluso, y quizás sobre todo, en el plano económico por la favorable recaída que el rebautizo habría tenido sobre el turismo, ya afectado por el sismo de febrero.
A propósito, en el plano político no comprendo cómo fue posible que la derecha chilena (exceptuando a los dos diputados de RN que votaron a favor) se dejara escapar esta ocasión de oro para anotarse un gol de media cancha. Hagamos un poco de política-ficción: si los partidos de gobierno, en lugar de rechazarla se hubieran apropiado explícitamente de la iniciativa del rebautizo del aeropuerto (cosa muy posible dada la superioridad numérica), habrían podido dar a mi juicio un extraordinario y muy favorable golpe de imagen a nivel nacional e internacional, que nadie habría podido reprocharles dado el prestigio del personaje, y con repercusión en los media de todo el mundo: «lo que no hizo la izquierdista Concertación lo lleva a cabo un gobierno de derechas que, con un golpe maestro, conquista mayor autoridad moral y legitima con mucha fuerza sus tentativas de llevar adelante una política de reconciliación nacional, con todas sus implicaciones (presentes y pasadas)».
En cambio los partidos de derechas prefirieron actuar según el extraño criterio del diputado Patricio Melero: "los países tienen que resaltar también a otras figuras", tal vez subentendiendo menores. Nótese que si los italianos hubieran actuado según dicho criterio, el principal aeropuerto de ingreso a Italia no llevaría el nombre de Leonardo. Pero puesto que Italia tenía muy buenas alternativas de reserva (como Galileo Galilei y Michelangelo, cuyos nombres engalanan a otros aeropuertos de la península), es obvio que los italianos decidieron para el aeropuerto de Roma el nombre que consideraron el Mejor. Y no digo más.
Profesor Hernán Loyola
Sássari, Italia
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